LAGUNA
Rafael Díaz
Una laguna no es solo un cuerpo de agua. Es un umbral. Un espejo impreciso donde no se sabe que hay al fondo, una imágen del inframundo, de espacios sagrados, del conocimiento oculto. Muchas representaciones asociadas a conceptos profundos y simbólicos en diversas culturas.
En esta exposición, “Laguna” es una metáfora del pensamiento, de intuiciones, de reflejos y símbolos.
Rafael Díaz parte de la pintura, como también lo hizo hace diez años —entonces, sobre papel—, pero esta vez la aborda como un problema que nunca se resuelve del todo. La pintura, para él, es una paradoja: es plana, pero no puede ser absolutamente plana; es material, pero apunta a lo invisible; parece representar, pero también invoca. En su obra, las superficies se construyen desde el reverso, como en los antiguos espejos venecianos, donde la imagen se pinta por detrás para lograr una superficie que no absorba, sino que refleje. Un gesto técnico que se convierte en una estrategia para mirar a través del reflejo.
Las imágenes provienen de tradiciones religiosas, alquímicas, mágicas y geométricas. Hay elementos tomados de la iconografía medieval, como el cáliz de Van Eyck, y símbolos de la alquimia occidental, como la serpiente que se devora a sí misma en un círculo eterno (ouroboros), el árbol de la vida, el opus magnum, el pentagrama, la estrella, entre otros.
En “Laguna”, la alquimia es una tecnología del alma que combina ciencia, arte, religión y filosofía para pensar la transformación de la materia. La geometría sagrada no sólo como un recurso formal, sino como una manera de establecer vínculos entre el cuerpo, el cosmos y el conocimiento.
En el centro de la sala se alzan tres sólidos imposibles: cubos truncados inspirados en el grabado Melancolía I de Durero. Figuras que no pueden construirse, pero que allí están, erguidas, desafiando la lógica del volumen. En esa imagen, una mujer contempla un escenario lleno de símbolos, herramientas y medidas. Todo está dispuesto para crear… pero nada sucede. Esa es la melancolía de lo moderno.
Esa sensación aparece también en otras piezas de la exposición: una escalera que no lleva a ninguna parte, una iluminación que agobia más que ilumina. Entre esas referencias aparece el humor: una cita al corto de Disney Donald en el país de las matemágicas, donde la geometría y el número áureo se explican como hechizos. Es irónico, pero también serio: Pitágoras y los dibujos animados comparten el mismo pentagrama.
El uso del dorado y el negro refuerzan este diálogo entre lo sagrado y lo ilusorio. El dorado, desde el siglo XIII, ha sido un color problemático: no se puede fijar como pigmento, siempre depende de la luz, siempre cambia.
En el video que acompaña la muestra, el artista se come un billete de 100 dólares. Es un gesto performativo, pero también un comentario sobre el capital como loop imposible: todo lo que se intenta para salir de él termina siendo absorbido por su lógica.
¿Y yo, cómo me asocio con el capital frente a eso? ¿Y qué quiere decir todo esto? ¿Y por qué todo esto es mágico?
“Laguna” es, entonces, un lugar donde los bordes se disuelven y el pensamiento se vuelve reflejo.
Texto: Angelina Guerrero
Créditos: Este texto hace parte de extractos de la conversación entre Rafael Díaz, Gabriel Zea y María Adelaida Samper. Momento 1: tres personajes contemplando la laguna desde la orilla
